lunes, 29 de noviembre de 2004

Soria.

Al comienzo de este mes de noviembre que está llegando a su fin disfrutamos, mi mujer Ludi y yo, de la última semana de vacaciones que nos quedaba en éste año 2004. Para alejarnos de la rutina y el ambiente diario decidimos buscar un destino tranquilo para pasar unos días y hacer turismo rural.

La idea era realizar algo de ejercicio en forma de caminatas a la par que visitar lugares interesantes y nos decidimos, ayudados por San Google, por ir a la provincia de Soria, llamados por la fama del parque natural del cañon del río Lobos.

El hospedaje lo resolvimos alojándonos en la posada los templarios, en la pintoresca villa de Ucero. Esta posada está ubicada en un viejo caserón con varios siglos de solera, antigua residencia del cura del pueblo, y totalmente remodelado dotándolo de unas muy buenas comodidades. No voy a explayarme en las características de éste lugar, para ello la mejor opción es visitar su web, pero hay que hacer mención al buen quehacer prestado por parte de la familia que lleva el negocio con un trato muy cercano y a su gastronomía en forma de cenas y desayunos. Las primeras con una cocina casera de calidad, abundante y con un precio que no nos pareció excesivo, catorce euros por comensal. El segundo, si bien también era correcto y te fortalecía para empezar un día de excursiones, el precio si se antojaba un poco elevado para ser bollería y café más zumo, echando en falta algo más solido como huevos o bacón.

Ludi frente a la Posada


El primer día llegamos entrada la tarde, con lluvia que se tornó en nieve al empezar a oscurecer y con un intenso frío, y unicamente tuvimos tiempo de visitar el centro de interpretación de la naturaleza perteneciente al cañón del río Lobos. Este centro está situado apenas a un kilómetro de Ucero, y en él te informarán de todo lo concerniente el cañón: rutas, flora, fauna, formación, historia, etc.

La mañana del segundo día amaneció amenazando lluvia pero después del desayuno nos encaminamos en dirección al cañón. La mejor manera de aproximarse desde Ucero es en coche, aunque hay apenas dos o tres kilómetros de uno a otro es preferible dejar el vehículo en el parking del parque ya que si optamos por hacer el recorrido andando éste será por la carretera, una travesía no muy agradable.

En el cañón te sientes en otro mundo. Parece que retrocedes varios siglos en el tiempo, se respira tranquilidad. Ves volar las águilas, los halcones o algún buitre por encima de la cabeza. Y lo digo en plural, ya que se podían ver en grupos de más de tres o cuatro, un espectáculo realmente impresionante. Los únicos sonidos que escuchas, además de los producidos por tí mismo, son los de la naturaleza, los animales, el transcurrir del agua por el cauce del río o el viento erosionando las escarpadas rocas del cañón. Hay que tener en cuenta que visitamos el parque en una época fría y según comentarios de la gente del lugar en primavera y verano las visitas se masifican y no es lo mismo.

Comenzamos a caminar por una senda muy bien definida de varios metros de anchura que nos lleva en diez minutos a la ermita de San Bartolomé. Yo no me caracterizo en absoluto por ser religioso, más bien todo lo contrario, pero tengo que admitir que ver la ermita, con antecedentes templarios y ochocientos años de antiguedad, impresiona mucho. Quizá más por el entorno en el que está situada que por el significado de la misma. A pocos metros de la construcción hay un par de cuevas de gran tamaño, en las que habitaron hace miles de años los antiguos habitantes de estos parajes y en las que hay pinturas rupestres, o eso indicaban los paneles informativos, ya que las únicas pintadas que vimos fueron las de los necios que se empeñan en dejar su huella por donde pasan.

Ermita de San Bartolomé

Continuando por la senda marcada nos fuímos adentrando en el cañón que impresiona por sus altas y erosionadas paredes de roca. Cruzando el río en varios puntos por piedras de gran tamaño habilitadas a modo de puente para poder vadearlo. A los cinco kilómetros de caminata comenzó a llover, y el cielo nublado amenazaba con dejar caer agua para llenar un par de océanos con lo que decidimos darnos la vuelta y empezar el camino de regreso. Nuestra intención de llegar al puente de los siete ojos se vió truncada por la prudencia. Lo cierto es que la ruta es muy cómoda de recorrer y no es necesaria una preparación excesiva.

De retorno a Ucero comimos en el único sitio posible, un asador al borde de la carretera. En la posada no dan comidas ya que se supone que las personas que pernoctan suelen estar de excursión a lo largo del día no retornando hasta la noche. Siento no acordarme del nombre de éste sitio, pero hay que decir que se comía realmente bien y no es difícil de localizar. En Ucero no hay tiendas.

Después de comer y mientras Ludi decidía emplear la tarde en dormir una siesta yo me encaminé al castillo de Ucero para bajar la comida con un paseíto. Este castillo está situado en un cerro que domina el pueblo y la entrada al cañón. Desde la posada no se tarda más de un cuarto de hora en llegar a él, en un camino todito de subida. El castillo según cuentan data del siglo doce, y está en estado de abandono y ruina progresiva, una pena ya que tiene bien conservada la torre del homenaje, murallas, torreones e incluso un pasadizo que desciende perdiendo cerca de sesenta metros de altitud hasta la rivera del río haciendo zig zag por la ladera de la montaña.

La tarde la pasamos sentados en el salón de la posada, en un cómodo sofá, frente a una chimenea alimentada por gruesos troncos de leña leyendo un libro o viendo la televisión. Te olvidas de todo. Hay que decir que en cuanto oscurecía el frío se adueñaba de la calle, llegando por la noche a temperaturas de -4ºC.

El tercer día se convirtió por avatares del destino en un recorrido de casi doscientos kilómetros en coche que nos llevó por muchos lugares interesantes. La idea era visitar la laguna negra, a una hora de camino aproximadamente de Ucero. Cuando estábamos subiendo por la carretera de acceso a la laguna la nevada que cayó la noche anterior en la zona se hizo notar y a cuatro kilómetros de nuestro destino ya no era practicable en coche, con lo cual después de las típicas fotos de rigor y el paseíto por la nieve enfilamos camino Soria, a la capital.

En la carretera de la Laguna Negra.

Soria es una ciudad pequeña, pero con encanto. Las tiendas tienen ese aspecto de mediados del siglo pasado, las calles dejan de estar transitadas a la hora de comer, y da la sensación de que no hay prisa. Después de una visita al centro de información turística en el que nos indicaron los puntos más destacables de la ciudad emprendimos la ruta marcada. Te sorprende que las distancias son muy cortas de un punto a otro, con lo que te recorres rapidamente los claustros, iglesias románicas, etc. No se puede dejar de visitar.

Aprovechamos para comer y coger de nuevo el coche, ahora con destino a Calatañazor, un pueblo medieval con sus calles empedradas, sus casas de piedra, sus murallas y su castillo. Aquí lo mejor es dejar el coche o bien a la entrada del pueblo, donde hay un parking con media docena de plazas o bien subir hasta el final de la calle principal, a orillas del castillo, y dejarlo allí. No hay practicamente otro sitio donde aparcar. El castillo está en un estado similar de conservación al de Ucero, pero se ve que está un poco más cuidado, quizá por estar dentro del nucleo urbano. Imprescindible llevar buena reserva de memoria en nuestra cámara digital o carretes de fotos. Hay unas vistas de toda la zona espectaculares desde el castillo y un bonito paseo a lo largo de las murallas y por el pueblo.

Las calles de Calatañazor.
Abandonando el pueblo y siguiento por la misma carretera tenemos el sabinar de Calatañazor, la que parece ser la mayor reserva de estos árboles en Europa, con ejemplares que superan el metro de diámetro. Un paseíto a la sombra. Y más adelante llegaremos a la Fuentona, en Muriel de la Fuente. Este lugar es un paraje en donde nace de una serie de grutas subterráneas el río Ubión. Hasta el nacimiento hay un bonito paseo de veinte minutos. Como curiosidad el equipo de Al Filo de lo Imposible exploró las grutas de la fuentona con un equipo de espeleología descubriendo más de cien metros de cuevas sin llegar al final, realizaron un programa sobre ello.

De vuelta a nuestro lugar de descanso, pasando la tarde frente a la chimenea, dispuestos a encarar nuestra última jornada.

Es el tercer y último día, queremos volver a casa no muy tarde, y por la mañana aprovechamos para volver a subir al castillo, ya que Ludi no lo había visto. Después abandonamos definitivamente la posada y de camino a Madrid paramos en el Burgo de Osma, el principal núcleo de población de la zona.

Otra visita a la oficina de información turística y de ruta por la ciudad. El principal monumento es la catedral, impresionante edificio, como se nota quien maneja el dinero. Hay visitas guiadas por el interior, fuera de horas de culto, y pagando, creo recordar que dos euros. La plaza mayor, la muralla y un paseo por la rivera del río. Frente a la catedral hay una taberna donde almorzamos unas migas con chorizo, torreznos y un caldito caliente, ya que no pensábamos parar en los ciento ochenta kilómetros de camino de retorno a Madrid para comer en casa.

La catedral del Burgo de Osma.

Quedamos gratamente sorprendidos por la cantidad de lugares interesantes que hay en la zona, es un sitio para pasar unos pocos días muy agradables y olvidarse del stress cotidiano.

(Todas las fotos son propiedad de Miguel A. García Prada. Si quieres usarlas sin fines comerciales en tú web o en cualquier publicación puedes hacerlo siempre que pongas al autor y un enlace a esta página y me informes de ello.)
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